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¿Cuál es la influencia de las nuevas tecnologías en los movimientos sociales?

LAS CUATRO ETAPAS DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

CapturaPara abordar este tema me basaré principalmente en el patrón seguido en el texto de Jonathan Christiansen en Theories of Social Movements (The Editors of Salem Press 2011). Definir con exactitud qué es un movimiento social puede ser complicado. Tal y como afirman (Freeman, J. & Johnson, V. 1999), no se trata ni de un partido político ni de un grupo de interés ya que estos suelen ser entidades políticas estables que pueden tener un acceso regular al poder y a las élites políticas; tampoco es una moda pasajera o tendencia de masas desorganizadas, fugaces y sin objetivos; sin embargo, los movimientos sociales pueden ser encuadrados en algún punto intermedio entre ambos. Algunas de las características principales de los movimientos sociales según (DELLA PORTA y DIANI 2006) son que suelen estar involucrados en relaciones conflictivas con unos oponentes claramente definidos e identificados ya sean de carácter político, económico o cultural; crean interacciones en red a través de densos vínculos de carácter principalmente informal que involucran intercambio de recursos mantenidos en el tiempo en aras de la consecución de determinados objetivos comunes y comparten una identidad colectiva distintiva fuertemente asociada con el reconocimiento del individuo dentro del grupo y la promoción de la interconectividad lo que refuerza el sentido del propósito común y el compromiso compartido por una determinada causa. Según Claus Offe, los nuevos movimientos sociales, desarrollan una fundamental crítica metapolítica al orden social y a la democracia representativa, desafiando las tradiciones institucionalmente asumidas en relación a las maneras convencionales de “hacer política”. En contraste con los clásicos movimientos obreros, las principales innovaciones de los nuevos movimientos son una ideología crítica en relación al modernismo y al progreso; unas estructuras organizacionales descentralizadas y participativas; la defensa de la solidaridad interpersonal contra las grandes burocracias y la demanda de espacios autónomos incluso en mayor medida que meras ventajas materiales. Los movimientos sociales pueden ser considerados como entidades sociales organizadas, aunque todavía de manera informal, involucradas en conflictos extra institucionales y orientadas hacia uno o varios objetivos que pueden estar dirigidos tanto hacia unas políticas específicas y cercanas o, de manera más amplia, hacia cambios culturales. Smelser (Smelser 1962) estableció la distinción entre movimientos orientados hacia las normas y movimientos orientados hacia los valores. Los primeros tratan de promover cambios específicos, aunque relativamente limitados, principalmente en lo tocante a derechos, normas y reglas de acceso y participación en las distintas instituciones sociales. Mientras que los movimientos orientados hacia los valores buscan cambios más profundos y fundamentales en los valores culturales así como en las estructuras y prácticas institucionales.
Uno de los primeros académicos en estudiar la dinámica de los movimientos sociales fue Herbert Blumer que identificó cuatro etapas o estadios en el ciclo de vida de estos movimientos a las que describió como fermento social, etapa caracterizada por una agitación desorganizada y desenfocada durante la cual se presta gran atención a la propaganda de los “agitadores”; entusiasmo social, en la que las causas subyacentes del descontento y los objetivos de la acción se definen más claramente; formalización, etapa en la que la participación disciplinada y la coordinación de las estrategias para el logro de los objetivos del movimiento son alcanzadas por la creación de una organización formal, e institucionalización, cuando el movimiento se convierte en una parte orgánica de la sociedad y cristaliza en una estructura profesionalizada. Desde este temprano enfoque, los académicos han profundizado y renombrado estas etapas pero la temática subyacente ha permanecido relativamente constante. A día de hoy, las cuatro etapas de los movimientos sociales son conocidas como: Emergencia; coalescencia; burocratización, y declive. Aunque el término declive puede parecer negativo, no necesariamente debe ser entendido siempre en esos términos. Los movimientos sociales pueden entrar en declive por varias razones y se han identificado cinco causas principales: éxito del movimiento en sus demandas; fracaso de la organización; cooptación; represión, o integración con la corriente principal de la sociedad en general.

En la etapa emergente, o, en terminología de Blumer, de “fermento social” los movimientos sociales se encuentran en los preliminares y apenas existe organización. Esta etapa puede ser descrita como de un descontento generalizado en relación a unas determinadas políticas o condición social pero sin tomar medida alguna para conseguir sus reivindicaciones o, si lo hacen, es más probable que opten por la acción individual en lugar de la colectiva. El ciudadano puede comentar con amigos y familiares su descontento o puede escribir cartas a los medios de comunicación o representantes locales pero estas acciones no tienen un carácter estratégico ni colectivo.

La etapa de coalescencia o “etapa popular” está caracterizada por un más claro y definido sentimiento de descontento. Ya no se trata tan solo de una sensación de malestar sino que ya existe un diagnóstico del malestar y de qué o quiénes son los responsables. El malestar se va haciendo progresivamente más evidente y el descontento ya no es individual y descoordinado sino que tiende a focalizarse y a expresarse colectivamente, es en este momento en el que empiezan a establecerse los liderazgos y a diseñarse las estrategias para el éxito. También en esta etapa, pueden convocarse manifestaciones masivas con el objetivo de mostrar el poder del movimiento social y de realizar demandas claras. El movimiento se transforma en algo más que individuos molestos que actúan de forma más o menos aleatoria para pasar a organizarse y actuar con perspectiva estratégica.

La etapa de la burocratización es la que Blumer define como “formalización” estando caracterizada por niveles más altos de organización y estrategias basadas en el establecimiento de coaliciones. Los movimientos han obtenido algunos éxitos surgiendo la conciencia de que es necesario un cierto grado de estrategia coordinada en los movimientos. Asimismo, los componentes de los movimientos comienzan a confiar en un staff directivo compuesto por personas dotadas de conocimientos especializados capaces de ejecutar las operaciones en el día a día de la organización y llevar a cabo los objetivos del movimiento. En esta etapa los movimientos sociales ya no pueden confiar solo en las concentraciones masivas o en sus líderes inspiradores para avanzar hacia sus metas sino que se ven obligados a depositar su confianza en un staff capacitado para llevar a cabo las funciones de la organización. Muchos movimientos fracasan en esta etapa de burocratización y pueden terminar disolviéndose debido a la dificultad de sus miembros a la hora de mantener la excitación e implicación emocional necesaria así como para asumir los distintos costes y esfuerzos que la movilización continuada en el tiempo exige de los participantes. En muchas ocasiones, la formalización de la organización significa que el personal especialista remunerado puede cubrir los huecos cuando no se encuentran disponibles voluntarios altamente entusiastas.

Finalmente, la cuarta y última etapa del ciclo de vida de los movimientos sociales es el declive o institucionalización. El término declive no necesariamente ha de significar fracaso sino que existen otros modos en los que los movimientos sociales pueden finalizar: Represión, cooptación, éxito, fracaso y, según señala (Macionis 2011), sintonía e integración con la corriente mayoritaria del entorno.

La represión se produce cuando las autoridades o los agentes que actúan en su nombre, utilizan medidas (a veces violentas) para controlar, desactivar o desmantelar un movimiento social. Así, aunque las acciones represivas puedan definirse como legítimas por parte del Estado que las aplica, nunca serán consideradas como tales desde el punto de vista del movimiento reprimido. Es frecuente que los gobiernos aprueben, o apliquen con toda la dureza posible, leyes o reglamentos que prohíban o repriman las actividades o a las organizaciones de movimientos específicos o justifiquen, cuando no promuevan de forma más o menos tácita, ataques contra ellos al declarar al movimiento y/o su organización como, de algún modo, peligrosos para el orden público. Este tipo de represión hace que sea extremadamente difícil para los movimientos sociales llevar a cabo sus actividades y reclutar nuevos miembros.

Los movimientos sociales también pueden entrar en declive si sus organizaciones son muy dependientes de una autoridad centralizada o de un fuerte liderazgo carismático. Se produce la cooptación cuando los líderes del movimiento se asocian de algún modo con las autoridades o actúan en connivencia directa o indirecta con ellas una vez alcanzado algún tipo de poder institucional, en lugar de con los miembros del movimiento social. Por ejemplo, un determinado líder podría ser llamado a colaborar en una determinada institución objetivo de las protestas con el teórico fin de contribuir a cambiar las cosas desde dentro. Sin embargo, incurriría en cooptación cuando, en lugar de eso, ellos mismos se integran en la institución u organización y asumen su código de valores y objetivos en lugar de los del movimiento social.

En otros casos, el declive en los movimientos sociales se produce debido a su éxito ya que, una vez alcanzadas sus metas, pueden desaparecer las razones para mantener la presión y la organización. Los movimientos pequeños y localizados con objetivos muy específicos suelen tener, con frecuencia, mejores oportunidades para conseguir un éxito total en sus reivindicaciones que aquellos con objetivos definidos con mucha menor claridad. Una vez alcanzado el éxito, algunos movimientos organizan nuevas campañas reivindicativas en sintonía con los valores asumidos por el grupo pudiendo ser también estudiados desde el marco de la teoría neo institucionalista según el cual estas nuevas reivindicaciones podrían no ser más que producto de las necesidades de una organización ya creada que necesita justificar su razón de ser y permanecer.

El fracaso de un movimiento social puede deberse a la incapacidad de la organización para gestionar una rápida expansión, lo que conlleva unos elevados niveles de estrés organizacional y pueden conducir a la ruptura en distintas facciones. El fracaso de los movimientos sociales debidos a errores organizacionales o estratégicos es común en muchos tipos de organizaciones. Cuando el fracaso ocurre a nivel organizacional suele ser debido a dos razones principales: el faccionalismo y la encapsulación.
Con el estudio de caso del Students For a Democratic Society, (Miller 1999), ilustra el caso de un movimiento de rápido crecimiento que debido a su estructura abierta en la que todo el mundo era animado a tomar parte en el proceso de toma de decisiones, la organización comenzó a ser controlada por diferentes facciones que operando desde dentro trabajaban, realmente, en beneficio de otras organizaciones externas. Este es uno de los peligros que corre el movimiento PODEMOS en España que, precisamente, debido a su apertura y al fomento de la participación ciudadana resulta especialmente vulnerable a la llagada de arribistas y “submarinos” de diversa índole para instrumentalizar la organización con distintos fines ajenos a alguna concepción de Bien Común o Interés General. Al aumentar el grado de faccionalización y al estar sometido el movimiento a presiones exteriores o represión, los distintos grupos tienden a aislarse más en sí mismos lo que conduce al encapsulamiento. Este es el proceso a través del cual un determinado grupo de activistas va aislándose de la corriente más amplia del movimiento al compartir una serie de rasgos más pronunciados relativos a hábitos, cultura e ideología lo que les convierte en más parecidos unos a otros y, al mismo tiempo, más rígidos. Puede ocurrir que su dedicación intensiva al movimiento en recursos, tiempo y esfuerzo les conduzca a no simpatizar con aquellos componentes o activistas del mismo que no hacen de la causa el aspecto dominante de sus vidas lo que lleva que estos miembros a dedicación parcial o los nuevos integrantes tengan cada vez mayores dificultades para penetrar en el grupo oligárquico de la cúpula que paulatinamente va a ir imponiendo sus leyes de hierro descritas por Michels.

En último lugar, señalar que el declive de un movimiento social puede producirse también cuando consigue la sintonía con la corriente principal del entorno político social que pretendía modificar, bien por cambios en los valores del movimiento o por consecución del éxito a la hora de implantar sus valores e iniciativas en la sociedad por lo que ya no existe ninguna necesidad del movimiento en el sentido primigenio.

Bibliografía 
DELLA PORTA, DONATELLA, and MARIO DIANI. SOCIAL MOVEMENTS AN INTRODUCTION. Oxford: Blackwell, 2006.
Freeman, J, and V Johnson. Waves of protest: Social movements since the Sixties. Lanham, Maryland: Rowman & Littlefield Publishers, 1999.
Freeman, J. & Johnson, V. Waves of protest: Social movements since the sixties. Lanham, Maryland: Rowman & Littlefield, 1999.
Macionis, J.J. Sociology (14th ed.). New Jersey: Prentice Hall, 2011.
Miller, F.D. “The end of SDS and the emergence of weatherman: Demise through success.” In Waves of protest: Social movements since the Sixties, by J. Freeman & V. Johnson, 303-324. Lanham, Maryland: Rowman & Littlefield Publishers, 1999.
Smelser, N. Theory of Collective Behavior. New York: Free Press, 1962.
The Editors of Salem Press. THEORIES OF SOCIAL MOVEMENTS. Pasadena: Salem Press, 2011.