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SOBRE PARTIDOS POLÍTICOS Y CORRUPCIÓN

ImageDonatella Della Porta publicó en 2004 un interesantísimo artículo en Crime, Law & Social Change 42: 35–60 titulado “Political parties and corruption: Ten hypotheses on five vicious circles” donde analiza las características  de los partidos y sistemas de partidos que favorecen la propagación de la corrupción.

Deseo compartir aquí algunas conclusiones y reflexiones extraídas de su lectura.

Aunque la corrupción también puede desarrollarse en los partidos de masas con fuerte componente ideológico, en las democracias avanzadas parece estar ligada mayormente a las estructuras partidistas más y más oligárquicas, a un descenso en la afiliación, a la reducción de los roles desempeñados por los activistas y los afiliados y a dirigentes profesionalizados. Robert Michels en su obra Los partidos políticos describió cómo las organizaciones políticas dejan pronto de ser un instrumento para alcanzar determinados fines socioeconómicos vinculados con el Interés General y el Bien Común desplazando sus objetivos para transformarse en un fin en sí mismo. Definió la conocida como “Ley de Hierro de las Oligarquías” basándose en tres argumentos principales: Por un lado, cuanto más grandes se hacen las organizaciones, más se incrementa su grado de burocratización al tender a especializarse y a aumentar la complejidad de sus decisiones. Los individuos que conocen, por diversas circunstancias, los modos y maneras de lidiar con los temas complejos se van volviendo imprescindibles conformando así una “élite”. Por otro lado, estos individuos están especialmente interesados en promover y alimentar el desarrollo de una dicotomía entre eficiencia y democracia interna convenciendo a los activistas de que para una mayor eficiencia de la organización se precisa de un liderazgo fuerte e incontestado. Finalmente, la propia dinámica psicológica de las masas de afiliados hace deseable el liderazgo puesto que, por uno u otro motivo, tienden a mostrarse apáticas e ineptas para resolver problemas por sí mismos, son agradecidos con los líderes que pueden repartir migajas más o menos gruesas de poder y riqueza tendiendo, además, al culto a la personalidad.

Así, el rol de los afiliados ha ido cambiando progresivamente del status de “razón de ser” de los partidos a meros recursos de financiación, caladeros de servicios y legitimación formal estética de un funcionamiento democrático más aparente que real. Pasando a ser, cada vez en mayor medida, maquinarias de uso personal al servicio del líder. Aunque los líderes puedan estar interesados en atraer ciertas clientelas controlables al partido para cubrir ciertos servicios, estas estarán lejos de poder o tener interés en fiscalizar el funcionamiento del partido y las decisiones de sus líderes, siendo un hecho demostrado que la corrupción se desarrolla con mucha mayor facilidad en organizaciones cuyos miembros y afiliados no supervisan su funcionamiento o no son sensibles a los incentivos ideológicos y morales para la acción colectiva. La corrupción emerge más facilmente en el seno del partido cuando este pierde su carácter ideológico y de masas. Los bajos niveles de militancia real y arraigo en la sociedad, un alto nivel de personalismo y el pragmatismo han sido citados como factores explicativos de la corrupción en España. Los partidos españoles provienen de los partidos de notables de comienzos del pasado siglo habiendo prescindido de una verdadera etapa como partidos de masas. Por ello tienden a ser crecientemente oligárquicos con un progresivo divorcio entre los líderes y los miembros de base al tiempo que muestran un nivel de esfuerzo real muy pequeño en reclutar a verdaderos afiliados y activistas. No obstante, pese a su escaso número de afiliados, los partidos políticos tienen grandes y costosas estructuras organizativas con muchos “funcionarios” y cargos a sueldo lo que provoca que tengan que recurrir, por un lado, a las arcas del Estado para su financiación y, por el otro, a las donaciones en A y en B de lobbies y empresas a cambio de favores, no siempre confesables, una vez conseguida alguna cuota de poder en algún ámbito.

Incluso en países en los que puede observarse el desarrollo de partidos que podemos considerar como de masas, el aumento de la corrupción coincide con el declive de los vínculos ideológicos entre el partido y sus votantes y activistas. Una de las consecuencias de la pérdida del carácter ideológico de los partidos políticos ha sido el incremento de las “intrigas” pragmáticas y la búsqueda de objetivos y “negocios” de carácter no ideológico que no solo han conducido a su progresiva desideologización sino también a la proliferación y legitimación del arribismo y el diseño de carreras individuales. La corrupción política se incrementa cuando los partidos se transforman en organizaciones de pobre activismo, participación y afiliación reales donde los verdaderos emprendedores políticos honestos afrontan serios problemas financieros, de acceso a los recursos controlados por las nomenclaturas de la élite y organizativos.

Sin legitimidad real para movilizar a un electorado estable, sin miembros y simpatizantes capaces de enfrentarse a una clase política y élites internas que, carentes de motivaciones ideológicas, contemplan el enriquecimiento como el único incentivo selectivo para la política, los partidos políticos se convierten en el caldo de cultivo ideal para un amplio rango de prácticas corruptas. Por ejemplo, se empiezan a seleccionar a aquellos individuos más “competentes” para la organización de la financiación ilegal alterando, de forma más o menos evidente y/o directa, los mecanismos para seleccionar al personal político y burocrático a favor de los individuos con menos escrúpulos que estén dispuestos a “invertir” en crear y comerciar con influencias. El sentido de pertenencia y afiliación a un partido resulta así alterado. La gente deja de afiliarse altruistamente para contribuir voluntariamente al trabajo a favor del partido que defiende una determinada interpretación del Bien Común, sino que lo hacen para ser admitidos en la competición por posiciones en las que alcanzar intereses privados. Los mecanismos de filtrado son diseñados entonces para el aseguramiento de que el futuro cargo político sea una persona con las habilidades especiales necesarias y dispuesta a participar en prácticas ilícitas o que, al menos, se “comporte de manera responsable” y no plantee objeciones morales cuando se entere de alguna irregularidad relacionada con prácticas corruptas o sospechosas dentro del partido.

Resulta evidente, por otro lado, que el fenómeno de la corrupción casa a la perfección con los enormes costes de las faraónicas campañas electorales que deben afrontar los grandes partidos para colocar en el mercado electoral su candidato-producto. Costes que, probablemente, haya muchas personas y actores interesados, dentro y fuera del entorno partidista, en que no se reduzcan y continúen incrementándose para crear el fermento y la necesidad de las amplias y, muchas veces, complejas prácticas corruptas amparadas en la excusa de la necesidad de financiación.

La corrupción produce, de hecho, un sistema de valores orientado a la consecución de objetivos individuales a través de interacciones basadas en beneficios extrínsecos a una concepción de la política éticamente aceptable o instrumentales al tiempo que desincentiva las relaciones “ideológicas” basadas en beneficios de corte moral o expresivo. Así, las prácticas corruptas reducen la capacidad de los partidos para movilizar recursos ideológicos y distribuir incentivos moralmente admisibles a la participación. De este modo, se contribuye a la monetarización y parcelación del poder interno en el partido (las lealtades se compran y se venden a cambio de poder, favores, cargos o dinero) transformando al mismo en una serie de clanes en permanente estado de guerra interna en el que la “ideología” o el servicio al ciudadano son vistos (cuando no hay público ni eso) como meras cortinas de humo tras las que ocultar maquinaciones y objetivos poco presentables.

Una importante característica de los principales partidos en cuanto a número de votos es su disposición y tendencia real, más allá de las poses estéticas, a confabularse, de formas más o menos tácitas, en el importante asunto de la financiación de sus maquinarias tanto a través de los fondos públicos y de las donaciones privadas en “A” y en “B”, como del trascendental asunto del control y fiscalización efectivos de sus estados de cuentas por parte de los tribunales, las instituciones y la ciudadanía. Resulta lógico pues, que a falta de unos mínimos escrúpulos morales y democráticos, las élites de estos partidos coopten y encuentren diversos medios para manejar y administrar la realidad de la corrupción minimizando los efectos dañinos, tras las “reglamentarias” alharacas de fogueo ante los medios de comunicación, de los escándalos en que se ven envueltos. Eso los protege de una escalada incontrolada de denuncias en la que se puede ver amenazado el status quo del sistema de partidos que mantiene a los grandes en posición predominante.

Es necesario tener muy presente que la corrupción política muy, muy raramente se trata de un negocio o intercambio puramente individual. En los sistemas democráticos, la división de los poderes públicos hace que sea habitualmente imposible para un solo actor, cargo o individuo ofrecer los servicios demandados por el corruptor que, frecuentemente, han de ser prestados a través del tiempo y los avatares electorales. Cuando la corrupción es conocida, practicada o consentida por varios agentes políticos en colaboración, más o menos evidente o demostrable,  se hacen necesarios acuerdos ocultos entre los partidos y cierta administración coordinada del poder para evitar los riesgos de denuncias o los provenientes de los “free-riders” o políticos decentes que se niegan a amparar con su silencio las prácticas corruptas. Estos acuerdos se basan a veces, por ejemplo, en una determinada distribución de contratos públicos entre distintas empresas en base al color de sus “donaciones” o “querencias” políticas, o distribuyendo beneficios de acuerdo con la fuerza electoral de los partidos involucrados. En general, los grandes partidos cooptantes en cuanto al uso de grandes cantidades del erario y receptores de los beneficios proporcionados por la corrupción, manifiestan una solidaridad recíproca cuando los escándalos verdaderamente trascendentes relacionados con la financiación de los partidos emergen. Esta “conspiración del silencio” opera especialmente entre los líderes de los distintos partidos más allá de los agrios y violentos conflictos escenificados ante los medios de comunicación. Para sobrevivir, todos deben simular respetar las reglas del juego público mientras silencian y se mantienen fieles a las reglas de su juego oculto. Esta comunidad de intereses dificulta en buena medida el correcto funcionamiento del sistema de pesos y contrapesos y los mecanismos usuales de control asociados, al menos en teoría, con los sistemas competitivos de partidos, reemplazándolos por pautas de acuerdos tácitos y mejoras de los privilegios mútuos.

El control de un determinado partido sobre las administraciones públicas incrementa los recursos susceptibles de ser invertidos en corrupción, reduciendo al mismo tiempo la posibilidad de controles mutuos entre los cargos de designación política y los funcionarios de carrera. La fuerza o debilidad de los partidos puede ser medida de dos maneras, bien a través de su capacidad para proporcionar ventajas, cargos y sinecuras al aparato del partido y sus colaboradores, o bien a través de su capacidad para transmitir, articular y materializar en resultados las demandas de los representados. La corrupción suele hallarse negativamente correlacionada con el segundo tipo de poder del partido e infecta con mucha mayor frecuencia ante la carencia de programas a largo plazo, recursos ideológicos e incentivos morales o expresivos a la participación. De esta forma, en los sistemas representativos con altos índices de corrupción, el peso electoral se emplea principalmente para determinar la proporción y cantidad de botines, cargos y sinecuras a la disposición de las élites de los partidos para distribuir entre sus clientelas empleando sistemáticamente el control de la maquinaria de las distintas administraciones del Estado para recompensar, a través de empleo público (por ejemplo), a los afiliados y simpatizantes por su fidelidad y apoyo en diversos ámbitos.

El declive de la capacidad de llamamiento al Bien Común y con ello el deterioro de la legitimidad sustantiva, incrementa la necesidad de clientelas personales mientras que la corrupción reduce la capacidad de los partidos para agregar, articular, transmitir y gestionar los intereses colectivos. Todo ello altera radicalmente el potencial de los partidos para identificar e interpretar las necesidades y deseos de la ciudadanía; seleccionar y abstraer aquellos que pueden ser expresados en términos políticos; proponer, justificar y criticar políticas o medidas para conseguir dichos objetivos o, cuando es necesario, para explicar por qué estos no pueden ser satisfechos. En lugar de priorizar la satisfacción de la voluntad ciudadana o el Interés General, los partidos corruptos toman sus decisiones en términos de la consecución de sobornos de alguna clase. Cuando la corrupción está arraigada en el sistema, para los partidos, el manejo a discreción de los fondos públicos se convierte en un objetivo en sí mismo, entonces, las acciones de los cargos políticos corruptos distorsionan seriamente la actividad administrativa, los trabajos y proyectos son contratados exclusivamente en función del grado de seguridad y facilidad con los que los sobornos y “donaciones” pueden ser recaudados y no en base de criterios técnicos o económicos destinados a salvaguardar el Erario. De hecho, el objetivo de los administradores corruptos es atraer hacia el partido y/o hacia el propio bolsillo cuantos recursos sean posibles desde las áreas donde tienen poder, obteniendo por ello en agradecimiento, mientras puedan mantenerse al margen de investigaciones judiciales, poder y reconocimientos crecientes en el seno de las maquinarias partitocráticas. Así, el gasto público tiende a desviarse hacia los sectores en los que los beneficios por corrupción son mayores y los riesgos de poder ser demostrados los delitos menores prestándose un interés decreciente a las necesidades de la ciudadanía.

La corrupción es sistémica cuando lo ilícito se convierte en norma y la corrupción es tan común y está tan institucionalizada que aquellos que la aceptan y practican se ven recompensados mientras que aquellos que actúan según el espíritu del Ordenamiento Jurídico de un Estado de Derecho democrático y según los imperativos morales que deben regir lo público, lo social y lo personal se ven penalizados y discriminados.

Resulta fácil percibir cuándo los partidos políticos ocupan la sociedad civil no con la intención de diseñar y ejecutar programas políticos a largo plazo sino con la intención de asegurarse la extracción de diversas rentas parasitarias. La ocupación de la administración pública permite a los partidos asegurarse la continuidad y difusión del juego de la corrupción a través de distintas áreas geográficas, administraciones y sectores. Controlando el acceso a los diferentes organismos públicos, los partidos corruptos se aseguran de que la corrupción se consolide como una práctica establecida con normas aceptadas, consolidada en el tiempo más allá de cambios en los cargos de designación política en los diferentes puestos. A través de este mecanismo, entre otros, los partidos recompensan a aquellos que colaboran y penalizan a aquellos que no están dispuestos a jugar el juego de la corrupción.

Mientras que en las transacciones legales las leyes protegen a las partes contratantes de posibles trasgresiones contractuales, en el mercado de lo ilegal otros actores deben asumir esta función. Los partidos políticos corruptos representan uno de esos actores cuya función es reducir los costes y riesgos de los negocios ilegales. La presencia del partido en las administraciones ofrece a los diversos participantes en transacciones ocultas la posibilidad de distribuir sanciones entre los incumplidores de los acuerdos. Más allá de eso, los partidos corruptos socializan las reglas del juego ilegal permitiendo que el sistema de transacciones ocultas se expanda y facilitando la corrupción al reducir las barreras morales contra las acciones antidemocráticas e ilegales. La afiliación a un partido político y la experiencia de la vida política en general posee efectos socializadores que tienden a convertirse en parte constitutiva de la identidad de la persona e incluso de sus principios morales. Un miembro de una asociación política puede recibir reconocimiento por sus capacidades técnicas o culturales; sus cualidades éticas y morales; su lealtad o conformismo en asuntos ideológicos; lealtad a un determinado líder; astucia; agresividad o falta de escrúpulos para deshacerse de adversarios externos o internos respectivamente; capacidad para establecer lazos con la sociedad, o capacidad para proporcionar fondos al partido. La calidad moral del partido variará de acuerdo con el criterio prevalente de reconocimiento individual y, de este modo, la corrupción en el seno de los partidos, genera valores corruptos que, a su vez, se convierten en los genes de la corrupción que retroalimentan la podredumbre de la organización.

¿Seremos capaces los ciudadanos de romper la cadena, deshacer el nudo Gordiano de la corrupción y darnos unos partidos políticos sanos, participativos y democráticos capaces de interpretar y articular la voluntad general ciudadana con el objetivo de alcanzar algún tipo de concepción de Bien Común e Interés general?

¿Serán capaces las nomenclaturas y cargos orgánicos de nuestros partidos de mostrar un mínimo de altura moral o simplemente de decencia para enfrentarse a la corrupción decididamente, sin treguas, concesiones, silencios cómplices o miradas hacia otro lado?

Personalmente he decidido mantener la esperanza y la lucha en la medida de los medios a mi alcance. Necesitamos también vuestra esperanza y vuestra lucha. JUNTOS PODEMOS.

LOS CANDIDATOS Y LA IMAGEN PROYECTADA EN LA CAMPAÑA ELECTORAL

EL CANDIDATO IDEAL

La investigación ha demostrado que los votantes tienen una imagen mental de las características específicas que un candidato ideal debe tener. Los estudios han hallado que los votantes valoran  como cualidades en el candidatoel atractivo físico, la personalidad, la firmeza con la que mantiene sus posturas y opiniones, sus antecedentes personales y creencias, así como ciertos rasgos en el carácter tales como la capacidad de liderazgo, la honestidad y la inteligencia. Otros estudios de percepción de los votantes han identificado rasgos similares, incluyendo además la empatía, la sinceridad, la integridad y calidez como importantes criterios de evaluación. Las valoraciones sobre su capacidad de trabajo, incluida la capacidad de decisión, experiencia directiva, competencia y estilo oratorio, también son mencionadas. A partir de estas cualidades, el marco del candidato ideal parece definirse en el entorno de dos importantes rasgos de carácter: su capacidad como hombre público o de estado (dimensión de rendimiento en el trabajo) y la simpatía. De hecho, D. R. Kinder afirma que los rasgos de un estadista ideal (competencia, capacidad de liderazgo, integridad) y la empatía forman la base sobre la que los votantes evalúan a los candidatos.

LA IMAGEN COMO ESTADISTA

Las manifestaciones visuales de la capacidad de gobierno y cualidades como estadista señalan a proyectar una adecuada mezcla de  autoridad,  poder y control. Para medir estas cualidades de carácter visualmente, existen principalmente dos técnicas de producción televisiva: La yuxtaposición asociacional y la “puesta en escena

La yuxtaposición asociacional consiste una forma  de edición por la que las cualidades de un objeto de atención se transfieren a otro a través de la representación secuencial. Esta  analogía implícita a menudo se produce cuando dos escenas no relacionadas se ponen en asociación directa, como cuando una foto de la bandera de un país se yuxtapone con la foto de un candidato político evocando un sentido de patriotismo.

La puesta en escena, o contexto ambiental de los objetos representados, puede también transmitir  significado simbólico a un candidato. La transferenciaambiental se produce en las noticias de televisión, por ejemplo, cuando  símbolos del progreso, como un nuevo coche de bajo consumo de combustible o una fuente de energía alternativa, son claramente visibles en el entorno visual del candidato.

Empleando la conceptualización de Paul  Messaris  sobre la yuxtaposición  asociacional y la noción de transferencia simbólica a través del contexto visual, el framing como “hombre de estado” puede ser observado en la cobertura de noticias mediante la medición de la presencia de representaciones o retratos específicos. Asociaciones visuales con personajes o cargos de gran relevancia, por ejemplo, pueden servir de avales implícitos de los candidatos y cultivar la percepción de competencia y credibilidad.  Apariciones en ceremonias o las visitas de campaña a lugares simbólicos, como los monumentos en memoria de los caídos en Estados Unidos o el Reino Unido, lugares asociados con la autoridad económica o centros de investigación de alta tecnología como señal de firme apuesta por los avances tecnológicos,  son principios positivamente apreciados por la sociedad y refuerzan el mito del hombre de Estado como un símbolo de patriotismo y guía de las normas culturales y el progreso. La pompa y ceremonia de los espectáculos políticos provocan respuestas emocionales y estéticas que incluyen el placer, la alegría, el sobrecogimiento y asombro. Enlazar a los candidatos a marcos festivos o celebratorios como grandes eventos en los que aparecen acompañados de un nutrido y entusiasta grupo de prosélitos, desfiles, o mítines o concentraciones electorales con toda la parafernalia de campaña y duchas de confeti, consolidan la grandeza y autoridad de un candidato como potencial líder ejecutivo. Dichas señales visuales descriptivas o reforzadoras de la imagen como hombre de estado han sido empleadas como categorías en los análisis del contenido visual de los candidatos en las fotografías publicadas en periódicos y revistas.

Empatía y emotividad. Aparentemente, los votantes buscan pruebas de que los candidatos son emotivos, empáticos y compasivos. Los candidatos abordan estas expectativas comportándose como personas cálidas y benevolentes a pesar de sus maniobras de campaña. La compasión, empatía y emotividad se expresan en el comportamiento visual del candidato hacia los símbolos que son culturalmente reverenciados, como los niños y las familias. En la investigación etológica, estos comportamientos expresivos se conocen como muestra de afinidad y pueden incluir los abrazos, las señales tranquilizadoras con la mano, o gestos similares. El abrazo del candidato a un bebé de alguno de sus seguidores tal vez sea el cliché más reconstruido de la emotividad y compasión en campaña. Los candidatos suelen rodearse también con sus propios hijos y nietos para demostrar públicamente su afinidad y simpatía por la familia. Durante la guerra y en tiempos de dificultades económicas los niños son situados en un lugar más destacado en las campañas para enfatizar el lado más tierno de un candidato, la implicación visual y emocional de esta imagen es que las decisiones sobre la guerra y la economía se harán con la máxima consideración hacia los más vulnerables de entre nosotros (sentimiento de vulnerabilidad que en tiempos de incertidumbre atenaza en mayor o menor medida a toda la ciudadanía).

Los vínculos visuales a los niños también refuerzan la mitología de la familia, un valor dominante en la mayoría de las culturas de los países democráticos. En un entorno social patriarcal, la protección de mujeres y niños, así como honrar a la familia  (y a Dios), encuadran al candidato como un padre idealizado  de la nación: un protector, provisor, y  brújula moral. La empatía y la benevolencia son también comportamientos  señalados a través de la interacción personal con los votantes y los gestos no verbales de afinidad, incluidos saludos, apretones de manos o señalando con el pulgar hacia arriba.

EL LUCHADOR POPULISTA

Las narrativas populistas se suelen basar en la idea de que la gente común, un grupo noble pero humilde, se opone a las elites antidemocráticas y egoístas. El marco visual populista  que representa el candidato como “alguien que está con la gente” se logra mediante la muestra de un aspecto común y corriente y la popularidad entre las masas. A continuación  examinaremos dos subdimensiones de los marcos populistas: La apelación a las masas y la cotidianeidad.

La apelación a la masa. Las celebridades, como símbolos del culto populista, transfieren su atractivo cultural a los candidatos prestando su prestigio a través de comparecencias juntos y actos promocionales. La apelación a la masa en la cobertura informativa televisada encuentra también una expresión visual a través de conexiones a grandes multitudes entusiasmadas con el candidato. El atractivo de estas representaciones se basa en parte en la idea de que un movimiento de masas se ha congregado en torno al candidato. A causa de esta aclamación popular, todos deberían unirse y apoyarlo. De hecho, los oradores que están rodeados por un público que responde positivamente a través de gestos afirmativos con la cabeza, que sonríe y permanece atento las respuestas no verbales pueden aumentar sus niveles de la autoridad y el carácter dinámico percibidos en comparación con aquellos mostrados con una audiencia desaprobatoria exhibiendo ceños fruncidos, faltas de atención y otros signos de obvia reprobación no verbal. Las imágenes de reacciones favorables de la audiencia pueden hacer aparecer a los oradores como más interesantes y populares.

La cotidianeidad, la normalidad. Esta segunda dimensión del marco populista de la campaña encuentra su expresión en apariencias visuales con  gente normal, como por ejemplo mostrándose en un trabajo de carácter físico o destacando alguna habilidad atlética, o vistiendo los candidatos un estilo informal y cotidiano. Clinton y Al Gore a menudo acudían a los actos de campaña con un traje, pero sin chaqueta y con la camisa arremangada. Este estilo un poco informal  de sus apariciones en el escenario de comparecencias públicas y mítines contribuyó a crear su imagen de “chicos jóvenes”. Su manera de vestir también sugirió que los candidatos estaban
subvirtiendo la formalidad y solemnidad de la indumentaria política considerada  adecuada. Ropa casual y deportiva, incluyendo vaqueros, camisetas y pantalones cortos, visualmente sugieren que un candidato es una persona común. Junto con las actividades atléticas o las representaciones de trabajo físico, el encuadre populista establece empatía con el pueblo, con la gente corriente y representa al candidato como “uno de nosotros”, como un hombre, o una mujer del pueblo.

Ciertas actividades deportivas y relacionadas con el trabajo pueden ser más adecuadas para conseguir una imagen de populismo que otras. George HW Bush, por ejemplo, fue encarecidamente aconsejado por sus asesores de imagen  para dejar de entregarse a las habituales rondas de sus elitistas pasatiempos favoritos el golf, y la navegación porque estas apariciones lúdicas eran consideradas como un refuerzo de la imagen de un presidente aristocrático sin contacto con el hombre común. En 2004 John Kerry debilitó sin duda sus esfuerzos por construirse una imagen de corte populista cuando practicaba deportes como el windsurf, el snowboard y el esquí, deportes también considerados elitistas. No es sorprendente que George W. Bush en la campaña de 2004
intentase retratar a John Kerry negativamente en la propagand electoral, explotando su imagen como windsurfista en un anuncio devastador titulado “windsurf”, en el que se muestra a Kerry completamente desorientado en la cuestión de la guerra de Irak, sin rumbo aparente y a merced de los vientos dominantes. http://www.livingroomcandidate.org/commercials/2004