Errores que refuerzan a populismos y nacionalismos.

marionetaLos cuadros políticos, a todos los niveles, de lo que podríamos denominar como “izquierda” europea (aunque serían extensibles las consideraciones del artículo a otras áreas del planeta) llevan demasiado tiempo cometiendo una serie de graves errores que han reforzado, cuando no generado, dinámicas de consecuencias potencialmente nefastas para las democracias, las libertades, el estado social y la igualdad.

Es un grave error olvidar que existen buenas razones para que muchos ciudadanos europeos se sientan estafados con el modelo de Unión Europea diseñado por las élites económicas y financieras a su medida e impuesto a través de una clase política capturada por su mediocridad, su corrupción, su desinterés, su arribismo o su miedo, en un contexto de lobbismo institucionalizado que opera con mayor o menor opacidad en función de lo estéticamente presentable o la legalidad de los intereses que pretenden imponer.

Es un peligroso error pensar que la concepción de lo políticamente correcto en un mundo maravilloso e ideal que se pretende imponer, en diversos ámbitos y desde los distintos niveles institucionales, a través de argumentarios, campañas en medios, opiniones de expertos, publicidad institucional y crudeza informativa, arraiga de forma generalizada en el acervo íntimo e individual de cada ciudadano. Máxime cuando esta corrección política pionera de un mundo maravilloso choca frontalmente con los miedos (fundados o no, racionales o irracionales) que las personas sienten ante un futuro percibido como crecientemente incierto y amenazante en muchos aspectos, o colisiona con sistemas de valores (socialmente patológicos o no) bien asentados que se ocultan en sociedad debido a la sensación de censura impuesta por una corrección política que coarta la libertad de expresión y que se refuerzan, estallan y crecen en determinados ámbitos, contextos y burbujas cognitivas facilitadas, actualmente, por los algoritmos de inteligencia artificial que nos interconectan a través de las redes sociales.

La gran mayoría de los europeos que están abrazando el populismo excluyente y extremista, junto con los distintos nacionalismos, no son ignorantes ni malvados. No tienen naturalmente arraigado un odio a los inmigrantes, a los extranjeros, a los refugiados o a los pobres. Muchos de ellos son pobres, o están aterrorizados ante las crecientes perspectivas de serlo. Algunos son ellos mismos inmigrantes o sus descendientes. Temen que un intelecto tecnocrático desarraigado del sentido común prosocial y una clase política capturada por la corrupción, el arribismo y la mediocridad, estén realmente al servicio de la élite económica globalista en nombre de unos grandes ideales universales instrumentalizados como huera mercadotecnia justificadora de la explotación y el expolio, presente y futuro, de los trabajadores y las clases medias europeas. Ejemplos de cuadros políticos impresentables en Europa, a todos los niveles y en todas las instituciones, abundan.

Tienden a generalizarse las interpretaciones que consideran el giro a la derecha y al tradicionalismo de una parte creciente de la población como mera aversión al cambio cuando se trata, más bien, de una búsqueda de refugio en sistemas de valores supuestamente conocidos, promocionados por el populismo extremista e interpretados por los ciudadanos como capaces de proporcionar algún sentimiento de seguridad, confianza y objeto vital. Sin embargo, lo que probablemente ansíe verdaderamente la gente sea precisamente el cambio. Un cambio en las dinámicas, cada día más perceptibles, que conducen al incremento de la pobreza, la precarización laboral y la desigualdad. Un número creciente de trabajadores y clases medias se están dando cuenta de que el libre comercio de bienes, servicios y capitales les ha proporcionado muchas más perdidas que ganancias en términos reales al verse obligados a competir con áreas económicas que basan su productividad y competitividad en el dumping ecológico, social y humanitario.

Las estructuras provisoras de bienestar, educación, coberturas sanitarias y sociales de los estados democráticos se están erosionando de forma evidente y acelerada mientras la ciudadanía se siente manipulada, engañada e ignorada por los cuadros políticos, los medios de comunicación y las élites económicas que manejan los resortes para diseñar a conveniencia las reglas de un juego en el que cada vez ganan más influencia y poder sobre las sociedades y los estados. Así, la legitimidad sustantiva básica sobre la que se asientan las democracias se diluye en el descrédito y la desesperación de una ciudadanía que se siente impotente. La legitimidad de las democracias europeas se ve aun más erosionada cuando un número creciente de decisiones, que afectan directamente a la vida presente y futura de las personas, son tomadas por instituciones y políticos que operan en el ámbito supraestatal y cuya rendición de cuentas parece priorizar el provecho, aquiescencia y agrado de los lobbies más poderosos antes que el interés general de los ciudadanos.

Lamentablemente, es mucho más fácil para los cuadros de la izquierda, anatemizar, insultar, caricaturizar o burlarse de los líderes, activistas y votantes del populismo de derechas y los nacionalismos, que afrontar con valentía, ejemplaridad y decisión el trabajo de analizar, diagnosticar, diseñar e implantar soluciones que devuelvan la esperanza a los ciudadanos que la han perdido desde el convencimiento de que el futuro y sus perspectivas se presentan cada vez más sombríos. Resulta sencillo y tranquilizador de conciencias simplemente demonizar como racistas desalmados a los que temen la entrada de inmigrantes a través de fronteras permeables o abiertas olvidando que es precisamente el deterioro progresivo de las condiciones laborales, el empobrecimiento y los recortes en los estados del bienestar los que provocan el miedo (infundado o no) a la previsible insostenibilidad de un modelo sobrecargado con más personas pobres, desesperadas o sin recursos. Es una grave equivocación limitarse a descalificar a las personas de buena voluntad que advierten de que, a veces, las mejores intenciones pueden tener como resultado consecuencias catastróficas. Asimismo, parece reconfortar las conciencias de algunos extender las bajezas de los líderes populistas oportunistas y sin escrúpulos a sus votantes, calificando de retrógrados sin visión ni perspectiva histórica a los antieuropeistas que se han convertido en tales, en gran medida, debido a una clase política europea inepta o corrupta que ha sido incapaz de gestionar con dignidad y solvencia moral la grandeza de un proyecto como el de la Unión política y económica Europea.

La irrupción de la Cuarta Revolución Industrial que supone la progresiva sustitución del trabajo humano, tanto de cuello azul como de cuello blanco, por sistemas robóticos e inteligencia artificial, provocará pérdidas masivas de empleos que no podrán ser recuperados en número suficiente a través de la formación, la actualización de conocimientos y la adquisición de nuevas destrezas. Incluso para el humano más fuerte, capacitado, entrenado e inteligente que podamos encontrar, resulta sencillamente imposible competir, en un número aceleradamente creciente de ámbitos, contra la potencia mecánica o la fuerza bruta de cálculo de las máquinas y los sistemas informáticos. La contribución de esta dinámica al incremento de la precariedad, la desigualdad y la pobreza, aumentará no solo la brecha entre los ricos y pobres dentro de las sociedades, sino entre los propios países y áreas económicas relativamente favorecidas o desfavorecidas, incrementando el número e intensidad de los disturbios sociales y los riesgos geopolíticos al tiempo que las oportunidades e incentivos para los líderes populistas, que sacarán ventaja electoral al simplificar falazmente y radicalizar aún más sus discursos excluyentes del “nosotros contra ellos”. Incluso la clase política más moderada se verá obligada (como ya ocurre) a adoptar elementos del argumentario de los populismos para disminuir la pérdida de votos con lo que las ideas y el debate en la esfera pública se verán empobrecidos y las alternativas reales más limitadas. De hecho, en demasiados ámbitos, incluso “la izquierda” está sustituyendo la lucha por la igualdad por discursos identitarios más fácilmente elaborables, comunicables y asimilables por el receptor, al ir dirigidos a la emoción antes que a la razón, en el contexto de un electoralismo centrado en el cliché superficial, el eslogan impactante y los quince segundos de vídeo con poses y palabras enardecedoras.

Otro riesgo creciente y aparentemente olvidado, con efectos de una magnitud difícilmente previsible, son las técnicas de minería y tratamiento de las enormes cantidades de datos y metadatos que continuamente generamos en nuestra actividad cotidiana con las que se generan perfiles, correlaciones, inferencias y patrones de conducta, colectivos e individuales, de asombrosa e increíble exactitud para los no expertos en la materia. El big data es, a día de hoy, capaz de “entender” nuestros intereses, deseos, necesidades y predecir nuestros comportamientos mejor que nosotros mismos. De ahí a manipular nuestra cognición, nuestras actitudes y nuestro comportamiento, incluido el político, hay un paso infinitesimal que ya se ha cruzado hace tiempo.

Por otro lado, cuando la ciudadanía más valiosa en términos de talento, valores éticos prosociales y formación, se da cuenta de la manipulación creciente a la que se ve sometida y siente como inútil la participación política, acaba viéndose incentivada en diversos modos para darle la espalda, dejándo la política en manos de sujetos menos aptos, competentes, coherentes, escrupulosos y honrados.

Desgraciadamente, cobran fuerza los escenarios en los que resulta muy difícil cambiar las dinámicas de un globalismo gravemente enfermo en lo ecológico, lo económico y lo político (si es que tiene algún sentido hacer esta distinción en el antropoceno). Las élites globalistas, con acceso a las palancas de mando que permitirían corregir rumbo con relativa rapidez, se consideran a salvo de las consecuencias negativas de cualquier escenario gracias a su poder económico y control sobre el poder político mundial. Es más, muchos de ellos van a poder seguir beneficiándose durante un tiempo del sistema tal y como está diseñado actualmente, por lo que van a tener que empeorar mucho las cosas para que la sensación de crisis les induzca a permitir la elaboración de un nuevo Contrato Social que, de modo asimilable al de la “era socialdemócrata”, tras la Segunda Guerra Mundial y hasta la década de los 80, haga factible una redistribución de la producción, las rentas y el bienestar más justa, sostenible, responsable y humana.

Esperemos que el ingenio, la capacidad de previsión y la de organización con las que podemos afrontar los seres humanos las crisis, nos haga reaccionar para cambiar el rumbo antes de que los daños y el sufrimiento se expandan por doquier.

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